Por Héctor Castañeda

Toda persona es única, con unas necesidades concretas y un sentimiento interior particular con ganas de aflorar. Como seres sociables que somos también necesitamos sentirnos integrados en un grupo y ser aceptados por éste, los seres humanos utilizamos las competencias que tenemos a nuestro alcance para conseguirlo y sobrevivir de la mejor manera posible dentro del grupo.

Nuestras estrategias de supervivencia son bastante primarias, una herencia transmitida por generaciones a través de nuestros genes. Estas estrategias consisten en atacar, huir o someterse y paralizarse, lo cual en ocasiones nos provoca un estado de colapso. Cuando esto ocurre nos encontramos sumergidos en un estado de trauma, un estado que si se mantiene en el tiempo, característica que se da únicamente en el hombre, se convierte en una situación de estrés y ansiedad que puede desembocar en enfermedad.

Nos pasamos la vida buscando la felicidad deseada, en esta búsqueda muchas veces el ruido de las opiniones de los demás suena más alto que nuestra propia voz, ello nos confunde al creer que el equilibrio personal pasa por adaptarnos al plan de ruta establecido, lo que únicamente nos proporciona un beneficio momentáneo hasta que nos damos cuenta que la ruta trazada no nos lleva a nuestro destino, fundamentalmente porque el camino que seguimos no ha sido marcado bajo nuestra perspectiva personal.

Nacemos en un entorno determinado, y desde el primer momento nos vemos influidos por sus valores y creencias, aprendemos a adaptamos a sus límites pero con frecuencia esos límites no nos permiten desarrollar nuestra propia identidad debido a que han sido marcados por directrices ajenas.

La filosofía primaria de los grandes grupos que coexisten en la actualidad en nuestro mundo se confiesa afín a los principios fundamentales del ser humano, sin embargo, los intereses de estos grupos en demasiadas ocasiones manipulan la esencia de sus principios.

Sus líderes han empleado fundamentalmente dos estrategias para mantener la mente de sus miembros ocupada y conseguir con ello el seguimiento voluntario:

  • Mientras el grupo supera la zona de sombras utilizan el miedo basado en la incultura.
  • Cuando el grupo comienza a percibir el resplandor de la luz establecen un sistema de recompensas del ego para seguir manteniéndolos distraídos.

Una vez nos sentimos con cierta independencia comienza la escalada de peldaños, ello va satisfaciendo nuestro ego, vamos logrando cosas en función de criterios externos, (trabajo, coche, vivienda, familia, posición social, etc.,) estos avances nos satisfacen en principio, aunque a la larga no son suficientes para conseguir la excelencia personal, esto ocurre cuando nos hacemos conscientes de que la verdadera identidad no se ve realizada, sentimos entonces la necesidad de crecer en otra dirección.

En este punto las personas pueden tomar diferentes caminos en función de su necesidad interior y del trabajo personal desarrollado.

  • Las más conformistas suelen identificarse con la doctrina marcada por el grupo, con esto   mantienen el ego primario y pueden vivir con cierta comodidad en este letargo, disfrutando de las evasiones que el grupo proporciona.
  • Las más evolutivas siguen escalando peldaños hasta llegar a lo mas alto y entonces se dan cuenta que lo único conseguido en ese ascenso es más de lo mismo, la satisfacción es simplemente momentánea, llega un momento en el que adquirir una cantidad mayor de lo que ya se tiene no produce el beneficio deseado y en ese preciso momento todo se resquebraja, los nuevos logros ya no satisfacen al ego porque el ego ha cambiado de dimensión.
  • Las inconformistas se sienten en tierra de nadie desde una época temprana, dejando aflorar su rebeldía contra lo establecido, este momento es peligroso si no se sabe encauzar de forma adecuada, si no se consigue gestionar el ego es fácil caer en el mundo de las sombras, en trampas como las drogas, el alcohol, etc.

Cuando el ego se da cuenta que la estrategia utilizada no es la correcta, que se encuentra en tierra de nadie, se produce un estado de bloqueo, si no se consigue superar sume a la persona para siempre en el mundo de las sombras, ahora bien, si se traspasa con éxito, si la estrategia empleada consigue liderar al ego y convertirlo en identidad, la lleva directamente al camino del alma, a la llamada de la aventura, a la necesidad de vivir la vida como una aventura de conciencia, con necesidad de encontrar algo que no se ha tenido, de aportar algo nuevo al mundo que nos rodea, en este punto no hay hoja de ruta establecida, hay que crear el propio camino y hay que hacerlo sobre la marcha, esta nueva dirección puede encontrarse dentro del grupo o fuera de él, pero en ambos casos esta perspectiva conduce directamente al alma y ya no hay vuelta atrás.

El coaching facilita la salida del estado de colapso y permite crear otro verdaderamente generativo, un estado de flujo, caracterizado por el flujo de información y energía. El cometido del coach es ayudar a conseguir este estado de consciencia, de concentración y de apertura, de acompañar a su cliente a interiorizar una cuarta estrategia de supervivencia.

Las tres estrategias primitivas nos vienen de serie, la cuarta, la que nos permite crear el estado de flujo, hay que aprenderla y practicarla para que sea posible el milagro, esta estrategia es propiciada por el coaching transpersonal. Durante la primera mitad de nuestra vida no funcionamos con nuestra propia mente, vivimos con las creencias y valores de los que nos rodean, de las otras personas, para que nuestra conciencia sea verdaderamente nuestra hemos de crear una realidad propia, hemos de madurar.

 

 

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